La rutina no cambia, sea el día que sea. Sabia que me estaba mintiendo, pero eran las mentiras más bonitas que pude oír, tal vez me aferré a ellas, y a él, a su sonrisa, a su forma falsa de mirar, ¿Como puede engañarme unos ojos café tan bonitos? Veía a través de ellos la promesa de no perderle, de nos echarnos a perder. Veía aquella prometida niña de ojos dulces y piel morena, veía todo, veía París y Venecia. Me engañé. Me engañó. Siempre le fui sincera, lo mínimo era recibir lo mismo, ¿No? ¿Por qué? ¿Por qué lo hizo? Tuvo que reventar hasta el último pedazo que quedaba de mi, la poca confianza que había. Lo quise todo de él, lo quise todo con él. Esperaba mis mejores versos con sus iniciales entre líneas, esperaba las noches más cortas y las más largas acariciando su piel, esperaba darle todo lo que jamás ni siquiera supo que existío. Quise tanto y se quedó en nada... Que nada es lo que quedó de mi, más que el odio, el rencor y la rabia que habitaba siempre en mi, pero esta vez, en aumento. Tal vez mi castigo sea castigarme a mi misma siempre y querer a los demás todo lo que no me quieren a mí. Tantas veces salí de aquella clase con mis ojos llenos de tristeza sin que nadie lo notara, con la angustia de pensar en todo lo que me ha estado haciendo y lo que me quedaba por sufrirle sin estar ya a mi lado, pero nadie se dio cuenta, como siempre. Tantas veces intenté aguantar ver como alguien mas lo hacia feliz, viéndole sonreír sin ser yo esta vez el motivo. No quiero volver a reflejarme en otros ojos, no quiero volver a verme sonreír a través de ellos, porque mis gestos más sinceros son gracias a mentiras de alguna persona a la que quiero. No quiero tener que aguantar más nada, ni dolor, ni angustias, ni rechazos, ni cosas parecidas que me hagan sufrir.